literatura

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Zona de los canales concéntricos del siglo XVII de Ámsterdam (Foto: Departamento municipal de Ámsterdam de la preservación y restauración de sitios históricos)

La huella dactilar de Dios

“Con un poco de suerte, de vez en cuando te tropiezas en el extranjero con un intelectual que sepa dónde están los Países Bajos”, escribió Gerrit Komrij a finales de los años ochenta del siglo pasado. “O por lo menos, dónde se encuentran aproximadamente. En algún lugar cerca o bajo Dinamarca. Es increíblemente difícil hacerle entender a alguien así que los Países Bajos tienen, por ejemplo, un idioma propio.

¿Un idioma propio?

Sí, claro, un idioma propio, independiente y particular.

¿Seguro es algo similar al alemán?

No, no es alemán. Ne-er-lan-dés. Una expresión sumamente particular de una emoción sumamente particular.”

Los Países Bajos, no más que una estampilla en el planisferio, hasta el presente se ven afectados por el anonimato que suele golpear a los países pequeños del mundo. Y como reza un refrán neerlandés, lo que no es conocido mal puede ser querido.

Nunca les ha tocado a los Países Bajos el honor de recibir el Premio Nobel de Literatura. Si bien es cierto que en los últimos años Cees Nooteboom, cuya obra ha sido traducida a decenas de idiomas, ha disfrutado de gran popularidad entre los apostadores, pero su número nunca ha sido sorteado. En la etapa tardía de su vida, en vísperas de la premiación del comité sueco, Harry Mulisch solía ser acosado sin tregua por los periodistas. Él siempre señalaba que aceptaría el premio, pero que con igual gusto seguiría perteneciendo al grupo de aquellos que no lo recibieron: Proust, Kafka, Tolstói y Nabókov.

¿Se justifica que nuestra literatura moderna reciba tan poca atención? Claro que no. A pesar de que la literatura neerlandesa es conocida por su capacidad de autoflagelación y de que existe una rica tradición de escritores que demonizan su patria y le dan la espalda, prevalece la conciencia de que incluso en comparación con las literaturas inglesa, alemana y francesa (geográficamente próximas), la neerlandesa tiene muchas cosas extraordinarias que ofrecer.

Al ser un país pequeño, estamos acostumbrados a dirigir la mirada no solo hacia el interior, sino también hacia el exterior. Lo mismo es aplicable a los editores, impulsados por el espíritu comercial neerlandés. En las librerías uno encuentra mucha literatura traducida al neerlandés, mientras que en el extranjero se ofrecen cada vez más títulos neerlandeses a los lectores.

En el fin de siècle del siglo XX y al inicio del XXI, las letras neerlandesas han estado floreciendo. Para el tamaño reducido del país, cuentan con una compleja y amplia red de librerías, un número particularmente alto de lectores y, notable, de escritores. Una investigación arrojó que de los dieciséis millones de habitantes, no menos de un millón se consideraba “escritor”. Desde luego, dicha cantidad no dice nada sobre su calidad, pero sí sobre el amor generalizado por la literatura y la intensidad con la que esta se experimenta.

Por lo tanto, no ha de sorprender a nadie que los Países Bajos tengan una vida literaria fuertemente desarrollada. Existen muchas revistas literarias donde los escritores publican sus nuevos trabajos, entablan polémicas entre ellos o manifiestan su acuerdo con colegas: De Gids existe desde el siglo XIX. Relevantes durante el siglo pasado fueron, por ejemplo, Tirade, Hollands Maandblad y De Revisor. Recientemente, Das Magazin, foro habitual para muchos talentos jóvenes, se ha vuelto muy popular. En todo el país hay festivales literarios y eventos donde los escritores ponen su trabajo bajo los reflectores.

Todo periódico o revista que se precie de serlo tiene un suplemento semanal sobre libros, en el que los escritores son entrevistados y se debate de modo crítico la oferta literaria actual. En cierto sentido, los periódicos se han ido convirtiendo en parte de la literatura al publicar las reseñas realizadas por escritores. Las críticas abrasadoras de Gerrit Komrij en el semanario Vrij Nederland en los años setenta del siglo pasado encendieron la crítica literaria obsoleta y tediosa. Desde entonces, el genio de la polémica se ha escapado de la lámpara.

Muchos periódicos les conceden a los escritores un espacio fijo como columnistas. El espíritu de Simon Carmiggelt, cuya columna “Kronkel” en el diario de Ámsterdam Het Parool fue famosa, sigue rondando todavía por ahí: primero en las columnas de Ischa Meijer y de Martin Bril –quienes murieron jóvenes–, y aún en las de Silvia Witteman en De Volkskrant, quien describe su vida doméstica como Carmiggelt solía hacerlo: de manera contagiosa, llena de ironía y burla de sí misma.

Un cierto número de las éminences grises entre los escritores todavía utilizan un periódico como plataforma. H.J.A. Hofland (1927), quien en la década de los sesenta del siglo pasado aún fuera jefe de redacción del NRC-Handelsblad y coronado en 1999 como “periodista del siglo” en los Países Bajos, tiene un espacio de reflexión semanal muy leído. También Remco Campert, el eterno joven siendo casi nonagenario, uno de los mejores escritores y poetas del país, todavía mantiene un espacio semanal en De Volkskrant.

Tal vitalidad también se manifiesta en la gran cantidad de editoriales. A pesar de que el paisaje literario ha cambiado mucho desde hace unos veinte años a causa de fusiones, rompimientos y la inclemente crisis económica que se instaló desde 2011, aún existe una amplia y compleja red de editoriales con largas y renombradas trayectorias literarias, como por ejemplo, De Bezige Bij, AtlasContact, De Arbeiderspers y Querido. Las dos últimas unieron fuerzas con algunas otras editoriales agrupándose en Singel Uitgevers.

Existe, además, una gran cantidad de pequeñas editoriales independientes que pueden brindarle a “sus” autores la atención muy personal que estos requieren, como por ejemplo, la Uitgeverij Van Oorschot, fundada hace setenta años por Geert van Oorschot, uno de los editores más extravagantes e intrigantes del país. La gran mayoría de las editoriales y redacciones de los periódicos están ubicados desde antaño en la zona de los canales, que encierra el centro histórico de la capital, Ámsterdam.

En Advocaat van de hanen (Abogado de los gallos), cuarto tomo de su magistral saga De tandeloze tijd (El tiempo desdentado), A.F.Th. van der Heijden compara la estructura laberíntica de la capital –con todos sus canales de curvas paralelas y aguas resplandecientes, las vías y puentes– con “la huella dactilar” del propio Dios. Es una metáfora para la morfología de Ámsterdam, donde Van der Heijden, al igual que su alter ego en la novela, vagaba con placer, errante de bar en bar, recopilando historias y contándolas. Pero es también una metáfora para la propia literatura neerlandesa.



País de predicadores



De la misma manera que la zona de canales concéntricos de Ámsterdam empezó a crecer desde finales de la edad media y es esa historia la que define su apariencia actual, la literatura neerlandesa también se ha configurado de manera histórica. Al surgir la República de las Siete Provincias Unidas, un estado pequeño rodeado al sur y al oriente por enemigos, y al norte y al oeste por el mar –enemigo y fuente de vida al mismo tiempo–,  se sentaron las bases para el desarrollo de los rasgos más propios de la cultura neerlandesa. Desde la insurrección contra la dominación española y la lucha enconada por la libertad religiosa –es decir, la Reforma que hizo que la fe protestante fuera la preponderante–, la literatura neerlandesa se ha caracterizado por el calvinismo y el individualismo, unidos a una firme conciencia moral.

Es posible que dichos rasgos distinguieran a la gente en los Países Bajos aún antes de la Reforma, por más fuertes que hayan sido los impulsos que la iconoclastia protestante dio al arte y a la cultura. Hasta el día de hoy, el símbolo por excelencia de “el escritor ´neerlandés´ independiente” (los Países Bajos todavía no existían como Estado), sigue siendo Desiderio Erasmo, quien en su Elogio a la locura de 1511 no tuvo recato para dejar en ridículo a todos los altos dignatarios y miembros del clero en un elogio satírico de la locura.

Menno ter Braak y E. Du Perron representaban la conciencia política y cultural de los Países Bajos antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. En la literatura situaban al “hombre” –a la personalidad del autor–, por encima de la “forma”. No por nada, uno de los libros más importantes de Ter Braak se intitulaba Politicus zonder partij (Político sin partido) (1932). Ambos murieron durante los primeros días de la ocupación alemana; Du Perron murió a causa de un ataque al corazón tras la llegada de las tropas de Hitler y Ter Braak se suicidó por miedo de ser detenido por la Sicherheidsdienst debido a sus escritos antifascistas.

La Segunda Guerra Mundial produjo una colisión gigantesca en la historia moderna de la nación. Fue la primera guerra desde la Revolución Francesa en la que los Países Bajos se vieron realmente involucrados y que cobró víctimas bajo el régimen mortífero del invasor. Hasta el momento la guerra (el artículo determinado lo dice todo) sirve como punto de referencia moral en los debates actuales.

El diario de Ana Frank se considera el document humaine supremo que nos fue transmitido de la época de la guerra. Contiene el relato conmovedor de una chica judía que junto con su familia vive en la clandestinidad en la casa de atrás de un inmueble a la orilla del canal Prinsengracht en Ámsterdam. El diario termina de manera abrupta cuando Ana y su familia son traicionados y detenidos por los alemanes. A Ana la asesinan en un campo de concentración, pero su padre, Otto Frank, sobrevivió la guerra y publicó el libro en memoria de su hija y de las víctimas del Holocausto.

Tras acabar la ocupación alemana, que duró de 1940-1945, fueron precisamente los escritores literarios los que supieron matizar la perspectiva moralista sobre la guerra, en la que sólo parecía haber existido lo malo y lo bueno. Lo anterior no sólo lo hicieron autores reconocidos tales como Simon Vestdijk en Pastorale ´43 (Canción pastoril 1943), sino también y sobre todo, tres jóvenes que cambiarían la prosa neerlandesa de una manera drástica y que se llegarían a conocer como “Los Tres Grandes” de la literatura neerlandesa moderna: W.F. Hermans, Gerard Reve y Harry Mulisch.

En De Tranen der acacia´s (Las lágrimas de las acacias) (1949) y De donkere kamer van Damokles (El cuarto oscuro de Damocles) (1958), Hermans echó abajo la imagen de un pueblo valiente y del papel heroico de la resistencia. Describió la guerra como un turbio universo sádico, en el que la gente actúa de modo pragmático e irracional y en el que con frecuencia no se logra sacar en claro “la verdad”. En una novela tan inquietante y a la vez estupenda como El cuarto oscuro de Damocles, el héroe de la historia, Osewoudt, recibe durante la guerra encargos secretos de un misterioso hombre llamado Dorbeck, quien se le parece como dos gotas de agua. En la parte final, varias preguntas cruciales quedan sin responder: ¿Realmente existió Dorbeck? ¿Osewoudt era un héroe o colaboraba con los alemanes? Hasta la fecha estas interrogantes son tema de debate.

Cuando Gerard Reve debutó con la novela autobiográfica De Avonden (Las noches), según sus propias palabras, se hizo “mundialmente famoso en las provincias de Holanda septentrional y meridional”. El libro convulsionó a críticos y lectores por la nitidez con la que refleja la desolación de la posguerra a través de la vida aparentemente sin perspectiva de un tal Frits van Egters, a quien seguimos en la novela durante las diez últimas noches del año 1946. Aún ahora el debut de Reve no ha perdido un cierto aire mágico, aunque en estos días se lee sobre todo por su sentido del humor irresistible que en aquel entonces era difícilmente comprensible para los críticos. En Las noches, Reve consiguió representar con claridad suprema e ironía a sus parientes, sus amigos y lo deprimente de la época. “Se ha visto, no ha quedado desapercibido”, reza la famosa última frase de la obra.

En los años sesenta, la fama de Reve se acrecentó al publicarse sus Cartas de viajero, una colección de cartas desgarradoras en las que Reve dio cuenta de su vida privada. En Op weg naar het einde (En camino hacia el final) y Nader tot U (Acercándome a Usted) reveló su homosexualidad y escribió sobre su conversión al catolicismo. Al hacerlo allanó el camino para muchos, pese a que también suscitó enojo e irritación, situación que empeoró por el tono irresistiblemente burlón en el que redactaba las cartas.

La entrada de Harry Mulisch en las letras neerlandesas tampoco pasó desapercibida. Su ópera prima Archibald Strohalm ganó en 1952 el galardón Reina Prinsen Geerligs. Experimentó su triunfo literario definitivo en 1958 al publicar Het stenen bruidsbed (La cama de piedra), novela que trata de un criminal de guerra norteamericano (una contradictio en terminis, según el propio Mulisch, pues alguien que gana la guerra es un héroe), que regresa al centro de Dresde, ciudad que destruyó con bombas durante la guerra.

La guerra representa el hilo conductor en la obra de Mulisch, hecho que tiene mucho que ver con sus antecedentes personales. Fue el hijo de un padre austríaco que apoyaba al enemigo durante la guerra y de una madre judía. Esta contradicción interna extrema lo sedujo para decir las palabras provocadoras “Yo soy la Segunda Guerra Mundial.”

Dicho desgarramiento interior lo plasmó en De Aanslag (El atentado) (1985), su libro más traducido. Es una historia emocionante que hoy en día sigue teniendo muchos lectores jóvenes. Mulisch narra la historia de Anton Steenwijk, un muchacho cuyos padres son arrestados y cuya casa es incendiada como represalia por parte de los alemanes, después de que en la puerta de dicha casa un policía es abatido por la resistencia. Posteriormente resulta que el policía pro-alemán no fue abatido allí, sino que fue depositado en la puerta. ¿Por qué? ¿Hay otro secreto detrás?

Es el mismo caso de un número considerable de escritores cuya historia familiar hizo de la guerra el tema predominante de su obra. Un ejemplo es G.L. Durlacher, judío que de joven sobrevivió a los campos de concentración; otro lo constituye Marga Minco, cuyos padres fueron llevados a Auschwitz, donde murieron en las cámaras de gas. En Het bittere kruid (La hierba amarga) (1957), Minco narra dicha experiencia causando una fuerte impresión por su estilo meticuloso y casi frío. En fechas más recientes, se han presentado varios escritores hijos de judíos, traumatizados para siempre por la guerra. En la obra de Leon de Winter, experimental en sus inicios y como por arte de magia muy accesible para el público lector, retumban los ecos de la guerra que vivieron sus padres judíos. God’s Gym (El Gimnasio de God) y Het recht op terugkeer (El derecho a retornar) alcanzaron tirajes importantes.

Asimismo, en el trabajo de Arnon Grunberg la guerra se asoma entre líneas, aunque esto no explique el enigma de este joven y brillante autor. En Blauwe maandagen (Lunes azules) (1994) y Figuranten (Figurantes) (1997), pero también en las novelas que publicó bajo el seudónimo de Marek van der Jagt, vincula lo espeluznantemente trágico con un estilo humorístico, desenfadado y repetitivo, revelando un parentesco estilístico con Gerard Reve. Hombre extraordinariamente prolífico, escribe todos los días una breve columna llamada “Voetnoot” (Nota a pie de pagina) que aparece en la primera plana de De Volkskrant, además de otras columnas que se publican aquí y allá, y casi todos los años produce una novela nueva. Tirza, una historia oscura al estilo de Dostojevski –o sea, incluyendo una buena dosis de absurdo y una trama escalofriante–, ganó varios premios.



Las joyas de la corona



Aún hay otro tema importante que determina fuertemente la literatura neerlandesa y que tiene sus orígenes profundamente enraizados en la historia. A partir del momento en que las naves de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC por sus siglas en neerlandés) navegaron los océanos del mundo, volvían a casa no sólo con especias, oro y plata –y con esclavos, una muy discutida y oscura página de nuestra historia– sino también con historias. Los lugares exóticos empezaron a desempeñar un papel importante en la imaginación nacional, ya sea porque los comerciantes se marchaban a las colonias por largos periodos, a Surinam, Curaçao y las Indias Orientales Neerlandesas, o por su riqueza natural, cultura y belleza; eran consideradas las joyas de la corona neerlandesa.

El libro clave para la visión neerlandesa sobre “nuestras Indias” es el Max Havelaar (1860). El escritor Multatuli (literalmente: “He sufrido mucho”, pseudónimo de Eduard Douwes Dekker), empleando un abanico de géneros y con un estilo muy afilado, denuncia las condiciones en las entonces llamadas Indias Neerlandesas. Max Havelaar ha sido traducido a más de cuarenta idiomas y es parte de la memoria colectiva nacional. En aquel entonces, la novela no sólo se consideraba un panfleto de compromiso político, sino también una autojustificación del autor. El propio Douwes Dekker había trabajado como funcionario de gobierno en el departamento de Lebak en donde entró en un profundo conflicto. Como escritor supo extraer oro del declive social que sufrió como persona.

Multatuli era el héroe literario del antes mencionado E. du Perron, quien como hijo de padres adinerados nació en las Indias, pero de joven tuvo que salir de allí. De la voluminosa novela Het land van herkomst (El país de origen) (1935) surge la imagen de una personalidad, que se fue fragmentando a causa del curso que había tomado su vida. Esa imagen de desgarramiento vuelve en las novelas de Hella S. Haasse, la grand old lady de la literatura neerlandesa, cuyo nombre con frecuencia se añade al de “Los Tres Grandes”.

Haasse nació en 1918 en Weltevreden, un sector en las afueras de Batavia. Poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, volvió de forma definitiva a su país. Pasó la mayor parte de su juventud en la isla de Java, tomando las impresiones allí adquiridas como fuente principal de su imaginación. Al igual que Multatuli y E. du Perron, el amor por el país, la cultura y la naturaleza de las Indias la llenaban de melancolía. Aún así, la nostalgia no llegó a predominar en su obra. Más bien son la autenticidad y el estilo matizado y preciso de sus novelas históricas los que determinaron su éxito. De Heren van de thee (Los señores del té) (1992), que comprende la historia de una familia neerlandesa que al final del siglo XIX se establece en Java, se vendieron cientos de miles de ejemplares. Tanto en Oeroeg, breve novela sobre la amistad entre un chico indonesio y uno blanco occidental con la que debutó en 1948, como en Sleuteloog (El ojo de la cerradura), su última novela de 2002, se percibe un inconfundible matiz de compromiso político. Los protagonistas, al final se dan cuenta que no pertenecen a ningún lugar. Hella S. Haasse murió el 29 de septiembre de 2011, tenía 93 años de edad.

El sentimiento de encontrarse atrapado entre dos culturas determina también en gran medida los populares libros de Adriaan van Dis, hijo de una madre neerlandesa y un lugarteniente del Real Ejército Neerlandés de las Indias Orientales (KNIL por sus siglas en neerlandés). Su novela Indische duinen (Las dunas de Indonesia) (1994) inicia con una escena clásica de arribo de un navío. Las hermanas del niño pequeño que protagoniza el libro presionan sus narices contra el vidrio de la escotilla del barco en el cual navegaron desde las Indias hacia los Países Bajos. “Las Indias” mantienen en el resto de la novela de Van Dis una connotación mágica. “Nathan nunca había estado allí, pero había sido concebido allí. Las Indias estaban presentes en todas partes en su hogar”.

Van Dis, en el siglo pasado reconocido más que nada como el talentoso, políglota y elocuente presentador de su propio programa literario de televisión, Hier is… Adriaan van Dis (Aquí está… Adriaan van Dis), se ha establecido como un escritor famoso y querido. En la mayoría de sus novelas, su familia y su juventud siguen desempeñando un papel crucial. Las dunas de Indonesia, sobre todo centrada en el miedo por su traumatizado y severo padre, y luego en Ik kom terug (Vuelvo), su última novela, brinda una dolorosa imagen de la relación con su madre, una mujer con carácter. Van Dis no tiene escrúpulos para con su madre, pero tampoco consigo mismo. Ik kom terug fue galardonada con el Libris Literatuur Prijs 2015 (Premio Libris de Literatura).

A algunos escritores “Las Indias” les hacen recordar la crueldad de los campos que los japoneses establecieron allí para encarcelar a los gobernantes blancos. En la obra de Rudy Kousbroek y en la de Jeroen Brouwers, los recuerdos de los campos japoneses son de importancia decisiva, aunque para cada uno de distinta manera: los dos se debatieron en los años ochenta del siglo pasado –décadas después de que Indonesia se había independizado de los Países Bajos– en la penosa polémica sobre el uso del trauma de guerra en Las Indias como recurso en la imaginación. Kousbroek, en Het Oostindisch kampsyndroom (El síndrome de campo de las Indias orientales) se erigió como defensor de la verdad histórica, mientras que Brouwers aportó con las novelas Het verzonkene (Lo hundido), Bezonken rood (Sedimento rojo) y De zondvloed (El diluvio) una trágica oda a la imaginación.

Brouwers sigue siendo considerando como uno de los escritores neerlandeses más importantes. En 2015 publicó Het hout (El garrote), en esta novela Brouwers convierte en auténtica literatura el escándalo que surgió en diferentes partes del mundo sobre la actuación perversa de muchos clérigos en los años cincuenta. La lectura de la novela de Brouwers es una experiencia ambigua: uno admira su estilo, mientras que siente también cómo le pican las hebras de un sayal y duele el apaleamiento de “el garrote”.



País de origen



El tema de la fragmentación como resultado de haber crecido en un país distinto también constituye la base para la obra de autores que migraron o se refugiaron en los Países Bajos, así como para el creciente grupo de escritores que se criaron en una familia de inmigrantes. En 1988, el escritor Kader Abdolah huyó de Irán a los Países Bajos y aprendió el idioma leyendo los libros de Los inseparables Mila y Yaco, de Annie M.G. Schmidt, la autora más famosa y querida de libros infantiles del país. En las novelas De reis van de lege flessen (La travesía de las botellas vacías) (1997) y Spijkerschrift (El reflejo de las palabras) (2000), que transcurren de forma alternante en Persia y en un barrio moderno de Zwolle, Abdolah confronta dos mundos.

Su novela más exitosa, Het huis van de moskee (La casa de la mezquita), tiene lugar en el Irán del último shá, la revolución que llevó al poder a Khomeiny, la guerra con Irak y el periodo posterior a estos acontecimientos. La obra maestra de Abdolah (un pseudónimo formado a partir de los nombres de dos amigos que no sobrevivieron el régimen en su patria) describe cómo se introduce la modernidad en la islámica ortodoxa “casa de la mezquita” .

Abdelkader Benali es un hijo de un obrero marroquí que emigró en los años setenta a los Países Bajos. Creció con la lengua neerlandesa, pero vivía en casa una cultura “extranjera”. Este jóven autor disfruta de un gran reconocimiento, no sólo por ser un elocuente representante de una comunidad generalmente problemática y pobre, sino sobre todo por su cualidad estilística.

En su debut Bruiloft aan zee (Boda junto al mar) (1996), Abdelkader Benali deja danzar sus frases alegremente, igual que el taxi del protagonista de la novela, Lamarat Minar, quien conduce un viejo Mercedes en su tierra natal al Norte de Marruecos. El éxito de su primera novela sorprendió tanto a Benali que se tardó seis años en escribir la siguiente, no por nada intitulado De langverwachte (El largamente esperado) (2002). La espera fue recompensada: la novela, en la que rimas holandesas y la lengua de Las mil y una noches se combinan con la historia de amor entre un joven marroquí y una chica de Róterdam, fue galardonada con el Premio Libris de Literatura de 2003.

Que no podamos agrupar las novelas de los hijos e hijas de inmigrantes sólo por esa razón –la de ser hijo o hija de inmigrantes– y mucho menos equipararlas, lo dejó claro con mucha valentía Öskan Akyol, criado en Deventer e hijo de inmigrantes turcos. En una entrevista para la televisión arrasó con el trabajo de Kader Abdolah, que redujo a “una montaña, una oveja parlante y una higuera”. El debut de Akyols, Eus, es una cruda novela picaresca sobre la vida de un joven y revoltoso hijo de migrantes. Aykol no quiere saber nada del exotismo fantástico.

Entretanto, no sólo es posible identificar muchas influencias externas en la literatura nacional, sino cabe señalar también que hay una significativa movilidad en la dirección opuesta: muchos autores neerlandeses buscaron refugio en el extranjero. W.F. Hermans y Gerard Reve vivieron la última parte de sus vidas en Francia y Bélgica respectivamente. Komrij se marchó a Portugal (su mejor novela se titula Over de bergen [Más allá de las montañas], aludiendo a la inhóspita región de Trás-os-Montes) y Cees Nooteboom pasa cada año largos períodos en sus casas de Berlín y Madeira. Las historias de viaje de Nooteboom –un trotamundos de pura cepa– fueron, primero en Alemania y después en los Países Bajos, recopilados bajo el acertado título Nootebooms Hotel (El Hotel de Nooteboom).

De una generación más reciente es Ilja Leonard Pfeijffer, quien en los Países Bajos se hizo famoso como poeta, despiadado crítico de poesía y escritor de ingeniosas novelas, quien se ha desplazado a Génova. Hizo el viaje en una bicicleta vieja, sin haber entrenado y  describió su travesía en De filosofie van de heuvel (La filosofía de la colina). Sobre Génova escribió la novela La Superba (La soberbia), en la que la ciudad misma es en realidad la protagonista. En su laberinto medieval de calles y callejones alberga refugiados de todo tipo: un borrachín británico, un vendedor de rosas de África del Norte que cruzó el mar en una barca como los miles de refugiados y un escritor neerlandés, quien buscaba y encontró un nuevo horizonte: el propio Pfeijffer. La Superba fue reconocida con el Premio Libris de literatura de 2014.



La Hollande profonde



En la prosa neerlandesa moderna, la tensión entre hecho y ficción echa chispas. En la década de los setenta, aún parecía que en los Países Bajos sería el realismo el que llevara la voz cantante. En los años sesenta y setenta, Jan Wolkers y Maarten’t Hart erigieron un monumento doloroso, pero atinado, al entorno ortodoxo reformado en que ellos se criaron. Wolkers plasmó su búsqueda del tiempo perdido en 1965 en la novela Terugkeer naar Oegstgeest (Retorno a Oegstgeest), y Maarten’t Hart despegó, con Een vlucht regenwulpen (Una bandada de sarapicos) (1978), novela que trata de un niño muy miedoso y estudioso que vive en la villa de Maassluis, en un mundo pueblerino que parece haber desparecido para siempre.

Wolkers concebía sus novelas entre otras cosas como una manera de liberarse del flagelo de Dios y del estricto mundo religioso de su padre. Kort Amerikaans (Corte americano) (1962), su ópera prima, y posteriormente Turks Fruit (Delicias turcas) (1969) provocaron una ola de escándalos en el país. Esta última, que cuenta la historia de un amor salvaje y vertiginoso, está llena de escenas sexuales tan vívidas como bellas y explícitas. El cineasta neerlandés Paul Verhoeven llevó el libro a la pantalla grande y el filme fue elegido como mejor película “del siglo” a nivel nacional. Hasta la fecha, Delicias turcas sigue teniendo un estatus mítico. Se han vendido más un millón de ejemplares.

Del mismo tronco reformado surgió también el autor Maarten Biesheuvel, quien no tenía empacho alguno en poner patas arriba todo el realismo en sus relatos cortos, de los que ha escrito decenas y sigue escribiendo, aunque sean ahora relatos ultra-cortos. Su primera colección, intitulada In de bovenkooi (En la cama de arriba de la litera) (1972), contiene una buena dosis de locura (Biesheuvel es maniaco depresivo y cuenta historias hilarantes sobre su estancia en el hospital psiquiátrico), además de la tristeza que experimenta como “artista del miedo” y simultáneamente permite que su alegre imaginación dé sus volteretas. En el relato “Brommer op zee” (Motocicleta en el mar) narra cómo un grumete vislumbra en el horizonte una motocicleta que se le viene acercando sobre las olas. El motociclista le cuenta que un día empezó por intentar que un alfiler flotara en el agua y que después lo consiguió con objetos más pesados, hasta lograr que pudiera montarse en su motocicleta y conducirla sobre las olas. En los cuentos fantásticos de Biesheuvel todo es posible.

Sobre los escritores calvinistas algunos han dicho que esbozan “La Hollande profonde”, los Países Bajos profundos, tal como eran antes de que se diezmara el número de cristianos practicantes y de la individualización de la sociedad. En 2005, vio la luz una novela que mostraba a los lectores dónde ellos y buena parte de la cultura neerlandesa, tienen sus raíces. En la novela autobiográfica Knielen op een bed violen (Arrodillarse en un arriate de violetas), Jan Siebelink describe cómo el padre de esta historia, un hortelano pobre que vivía en un pueblo cerca del río IJssel, tenía la idea de que Dios le visitaba y tocaba. Esa experiencia extática hizo que el padre, descrito por el autor con mucho amor, casi con celos, se alejara de su familia. Terminó cautivado por un grupito de predicadores extremistas, situación que duró hasta su lecho de muerte. De la misma manera, cientos de miles de lectores fueron cautivados por la obra.

La novela Dorsvloer vol confetti (Una era tapada de confeti) (2009), escrita por la joven y talentosa Franca Treur, registró con una mirada aguda y amorosa a la vez, la vida en una granja en un entorno protestante ortodoxo, situado en una de las islas zelandesas en el suroeste del país. Con asombro, pero también con temor al Dios vengador, la joven Cathelijne mira a su alrededor, mientras el mundo se abre frente a ella.

El público lector neerlandés tiene una fuerte preferencia por lo autobiográfico, posiblemente por la presencia frecuente de escritores en suplementos literarios o programas en la televisión. Connie Palmen, escritora de bestsellers, satisfizo ese deseo en 1998 con la publicación de I.M., un in memoriam para su gran amor Ischa Meijer, conocido periodista neerlandés. Si bien se escribieron reseñas muy críticas sobre la obra, se vendió como pan caliente. Palmen, por cierto, siempre se ha defendido de los críticos diciendo que no se hace justicia a su trabajo si se le hace una lectura demasiado superficial. Tanto su debut De wetten (Las leyes), como su segundo libro, De Vriendschap (La amistad), se caracterizan precisamente por tener un contenido altamente reflexivo y por un acercamiento filosófico a la realidad representada.

El año pasado salió Jij zegt het (Tú lo dices), posiblemente la mejor novela de Palmen, curiosamente una que no es autobiográfica. Describe en ella el amor salvaje y trágico entre el poeta británico Ted Hughes y su esposa estadounidense Silvia Plath, una de las parejas sentimentales más famosas del mundo literario. Plath se suicidó cuando Hughes la dejó tras haberla engañado. En los años siguientes a dicho acto desesperado, muchos –feministas en particular– lo culparon a él de la muerte de su mujer. Hughes sería un monstruo. En su libro, Palmen se puso sin rodeos del lado de él. Es más, se metió en su mente. Se convirtió en él… e hizo callar a todos, en un estilo teñido por la poesía del británico.

Un escritor que dio mucho que hablar y que no rehuía lo autobiográfico fue J.J. Voskuil, cuya obra está impregnada de las ideas personalistas de Ter Braak y Du Perron. Después de la publicación de su primer libro en los años sesenta, el muy voluminoso Bij nader inzien (Mirándolo bien) (1,200 páginas), a mediados de los años noventa, empezó a publicar Het Bureau (La oficina), una novela en siete tomos y de 5,500 páginas en total. En esta obra, Voskuil analiza bajo el microscopio el comportamiento de los trabajadores de un instituto científico, para luego describirlo de una forma maliciosa y con una meticulosidad tremenda. Het Bureau habría sido una terapia para su creador, mientras que para los lectores tuvo el efecto de una popular telenovela: los personajes formaban parte de las conversaciones cotidianas, la publicación de cada tomo de ésta, la novela más larga de la historia, se esperaba con ansias. El hype en los Países Bajos se comparaba con el que hoy en día reina en torno al ciclo Mi lucha, del noruego Karl Ove Knausgaard. Ambos escritores publicaron un tomo muy grueso tras otro de su autobiografía y se sometieron a un auto escrutinio inclemente.



Conspiración narcisista



El complemento natural del realismo imperante pudo encontrarse durante los años setenta en algunos autores que publicaban con frecuencia en la revista literaria De Revisor. Frans Kellendonk, Doeschka Meijsing y Oek de Jong meditaron en su obra particularmente sobre la forma y eligieron escritores modernistas como Joyce, Borges y Nábokov como fuentes de inspiración. Los autores del Revisor fueron caracterizados como “academicistas” –parcialmente por el hecho de que habían estudiado en la universidad y su “erudición” resurgía en su obra– pero en general su trabajo no era seco, monótono o ilegible.

Mystiek lichaam (Cuerpo místico) (1986), la novela más importante de Kellendonk, es de una riqueza simbólica asombrosa. Kellendonk murió joven víctima del sida –un dato predicho en su novela. Doeschka Meijsing escribió una obra hermosa y tuvo su más grande éxito con su última novela Over de liefde (Sobre el amor). Por su parte, la aparición de una novela de Oek de Jong siempre causa sensación. Después de su triunfo con la brillante Opwaaiende zomerjurken (Vestidos de verano), escribió una maravillosa novela de amor: Cirkel in het gras (Círculo en el pasto). Su última novela, voluminosa y en extremo sensible, se llama Pier en Oceaan (Muelle y océano) y trata del camino a la adultez del protagonista.

Hacia finales de la década de los noventa, fueron nuevamente los editores del Revisor quienes se opusieron fuertemente al “realismo llano”. Allard Schröder y P.F. Thomése detectaron en la literatura una “conspiración narcisista”, se estremecieron con “los Voskuil y las Palmen” y abogaron apasionadamente por la primacía de la imaginación.

Es amargamente irónico darse cuenta que poco después Thomése alcanzó su mayor éxito con un libro enteramente autobiográfico. La voz de la sombra es un conmovedor réquiem para su hijita, que solo vivió un par de semanas. Su muerte lo obligó a reinventarse como escritor. Lo logró, y de qué manera. La voz de la sombra es una de las más hermosas, delicadas y brillantes novelas de la literatura neerlandesa.

Lo anterior no quiere decir que a partir de allí Thomése se entregara al relato autobiográfico, al contrario. Su última novela, De onderwaterzwemmer (El nadador bajo el agua) es completamente ficticia y aún así es su libro más personal. Tin van Heel, joven de catorce años, pierde en el primer capítulo de la novela a su padre. Juntos, para escapar de los horrores de la guerra, se habían metido al río para nadar hacia la otra orilla. Pero el padre no volvió a salir a la superficie. Contrario al sentido común, Tin permaneció esperándolo mientras lentamente se hacía de día. En una entrevista grabada por el mismo Thomése, respondió a la pregunta de por qué esa imagen del solitario joven a la orilla del río le era tan importante: “Yo soy ese joven”.

Desde luego en las últimas décadas no han sido solamente escritores del Revisor quienes se han preocupado por la forma y se han dejado inspirar por filósofos contemporáneos y los escritores modernos más importantes a nivel mundial. Marcel Möring, por ejemplo, deja vislumbrar en su obra un gran conocimiento de Kant y Beckett, y en sus novelas Het grote verlangen (El gran deseo) (1992) y En Babilonia (1997) no vacila en destacar grandes sucesos históricos que hacen serpentear sus historias.

O Geerten Meijsing, quien comenzó su carrera literaria bajo el pseudónimo Joyce & Co y experimentó con todo lo que un joven y audaz escritor debe experimentar. Ahora tiene a su nombre una colección entera de novelas complejas y exhuberantes, como la novela sobre la verdadera naturaleza de la mujer, Veranderlijk en wisselvallig (Variable e inestable), una erudita y filosófica obra maestra, De ongeschreven leer (La doctrina tácita), y el macabro e íntimo relato de una depresión suicida: Tussen mes en keel (Entre el cuchillo y la garganta).

Cees Nooteboom ya escribía novelas filosóficas fuertemente enfocadas en la forma antes de que el Revisor siquiera existiera. Para Nooteboom escribir es una forma de pensar. Sus libros (también sus muchos libros de viaje) llenos de referencias a la mitología y a la literatura, tienen un carácter bastante hermético y problematizan la relación entre realidad e imaginación. El título de una de sus novelas, Het lied van schijn en wezen  (La canción de la apariencia y de la esencia) hace alusión a eso. A pesar del carácter complejo de su obra, Nooteboom supo hacerse de un gran público con sus novelas más recientes: Rituelen (Rituales) (1980), Het volgende verhaal (La historia siguiente) (1991) y Allerzielen (El día de todas las almas) (1998).  En Alemania y el mundo hispanoparlante es un autor más célebre que en su país.

No fue casualidad que justamente en el Revisor en los años setenta se inscribiera un escritor quien resultó ser uno de los mayores talentos estilísticos de la literatura neerlandesa moderna. Un tal Albert Egberts presentó mediante una carta a Patrizio Canaponi, un “escritor de sangre italiana-neerlandesa”. Al final resultó que ninguna de las dos figuras existía. Canaponi era un pseudónimo para A.F.Th. van der Heijden, y Albert Egberts terminó siendo el héroe de De tandeloze Tijd (El tiempo desdentado), el ciclo novelesco de siete partes en la que se pinta un retrato de los años setenta y ochenta en Ámsterdam. Van der Heijden no se limitó a hacer una crónica, mas dejó a Albert Egberts “vivir a lo ancho” e introdujo así la imaginación en su propia realidad.

El 23 de mayo de 2010, el primer día de Pentecostés, la vida del autor y de su mujer se convirtió de golpe en un infierno. Su único hijo, Tonio van der Heijden, fue atropellado mientras andaba en bicicleta y murió. Tenía 21 años. Aquel día, van der Heijden pausó todo su trabajo y se puso a escribir un réquiem para su hijo, en el que reconstruyó con frases precisas, afiladas como cuchillos, los acontecimientos. Tonio se convirtió en una novela de verdad. En el grueso “anteproyecto del duelo” de Van der Heijden, el autor intenta proteger a su hijo de la muerte a través del papel, teniendo por resultado pasajes desgarradores: “Te suplico que dés vuelta a la izquierda”. Es la paradoja espantosa de Tonio. Ninguno de los proyectiles del autor fallan en su objetivo.  Juega con las palabras y te pega al asiento, pero a su hijo, su “mejor pieza de prosa”, no lo recupera.



El cielo descubierto



La literatura neerlandesa moderna, debería haber quedado claro ahora, muestra un panorama caleidoscópico. Está llena de vida, es multicolor y variada. Los temas viejos regresan en una forma nueva, las polémicas cobran vida y se vuelven a extinguir, mientras existen obras experimentales al lado de las novelas realizadas con una estructura clásica. A un extremo del espectro, se encuentran autores como Charlotte Mutsaers, Marcel Möring y Kees van’t Hart, quienes gustan de extraviar a sus lectores en laberintos y que una y otra vez cuestionan, por medio de la forma y el contenido de su obra, la relación que existe entre la literatura y la realidad. Se empeñan en causar asombro dentro de los contornos de la originalidad y de la voluntariedad de su trabajo.

Al otro lado, la novela histórica “a la antigua” está pasando por una etapa de revitalización. Arthur Japin, por ejemplo, ha escrito un puñado de novelas históricas estupendas. Su debut, De zwarte met het witte hart (El negro que tenía un corazón blanco), trata de los dos pequeños príncipes ashanti, Kwasi y Kwame, regalados en 1837 al Rey Guillermo I. Para Een schitterend gebrek (El primer amor de Casanova), el autor se inspiró en un episodio de la vida de Casanova. El famoso seductor, escritor y hedonista se enamora de Lucía, de 14 años. La joven desaparece sin dejar huella, pero Casanova logra encontrarla con todo y velo en un burdel en Ámsterdam. En un estilo pulido, Japin narra la tragedia que le tocó vivir a la muchacha.

Sin duda, por lo menos una parte del éxito de la novela histórica debe imputársele a Thomas Rosenboom, quien con Gewassen vlees (Carne lavada) (1994) y Publieke Werken (Obras públicas) (1999) produjo dos novelas voluminosas, estílisticamente perfectas y magistralmente compuestas, en las que describe la decadencia ineludible de unos personajes del siglo XVIII y XIX. Gracias al formidable manejo que muestra tener de su material, su sensibilidad a los detalles significativos y el efecto psicológico que ocasionan sus historias, Rosenboom ha sido calificado como “el Flaubert de los Países Bajos”.

De la nueva generación de escritores no han surgido otros “Tres Grandes”. Sin embargo, al lado de los genios Arnon Grunberg e Ilja Leonard Pfeijffer, hay otros tres escritores jóvenes, compañeros de generación, que no deben quedar sin mención en este ensayo. En primer lugar, está Christiaan Weijts, quien debutó en 2006 con Art 285b (Artículo 285b), aludiendo al artículo del código penal referente al stalking (acoso). Se trata de una novela excelente y emocionante sobre un amor que se pasa de la raya. Sobre Weijts se ha dicho que sería el sucesor natural de Harry Mulisch, por su talento de forjar lo elevado y lo terrenal, la reflexión y el relato de una forma bella en la construcción de sus novelas. Muestra de ello es Euforie (Euforia), su novela más reciente.

Tampoco podría faltar el nombre de Peter Buwalda. Durante cuatro años vivió escondido para trabajar en su primera y robusta novela Bonita Avenue. Es un libro que se lee de un tirón, cuya trama se desarrolla entre la ciudad neerlandesa de Enschede –en 2000 explotó allí una fábrica de fuegos artificiales– y California. Al igual que la fábrica, estalla la vida de la familia Sigelius. Buwalda arrea a los personajes, en especial al padre, matemático y judoca, sobre las páginas. Bonita Avenue narra la historia de un destino trágico, empleando un lenguaje acertado y vital, es rica en metáforas atinadas y la trama resulta espeluznante hasta la última página. Hizo famoso y exitoso a Buwalda de golpe.

Por último, no debería faltar aquí el nombre de Tommy Wieringa, quien despegó en 2004 con Joe Speedboat (Andanzas de Joe Speedboat contadas por el luchador de un solo brazo). Esta novela cuenta la alegre y contagiosa historia de Fransje Hermans, quien es “un brazo que funciona y cuarenta kilos de carne paralizada colgados de él”, un chico pueblerino que terminó en una silla de ruedas después de un accidente, pero que toma el mundo por asalto con una fuerza de la imaginación tan inconcebible como vital. Las reseñas vitoreantes se agolparon tras la publicación, al igual que las nominaciones para los premios literarios.

Para recibir el premio (y no sólo ser nominado) Wieringa tuvo que esperar hasta 2013, cuando le fue concedido el Libris Literatuur Prijs para Dit zijn de namen (Estos son los nombres). El jurado elogió la novela sobre el desesperado viaje de un grupo de buscadores de fortuna que aspiran a una mejor vida, sobre todo por la valentía estilística, la profundidad filosófica, la fuerza aforística y la solidez de la composición. En el veredicto se decía que es “una novela oscura sobre migración y religión, que a la vez es ligera, pues está hecha en un lenguaje ágil y elegante”. Tommy Wieringa se ha convertido en una de las voces más importantes de la literatura neerlandesa moderna.

Los Tres Grandes están muertos, pero su obra permanece viva. El adagio de W.F. Hermans, de que en la novela “no puede haber ni el más mínimo detalle sin que tenga significado”, sigue sirviendo de ejemplo a muchos autores, entre ellos Thomas Rosenboom. Hermans murió en 1995, pero su novela Nooit meer slapen (No dormir nunca más) –el relato de un viaje fatal hacia el Norte, del que no hay escape– y la novela en clave Onder professoren (Entre profesores) no han dejado de reimprimirse.

Gerard Reve impactó con sus novelas románticas y decadentes, como por ejemplo Moeder en zoon (Madre e hijo) de 1980 y Het boek van violet en dood (El libro de violeta y muerte) de 1996. Sus colecciones de cartas le procuraron la fama eterna. “Tengo que escribir”, decía en Brief uit schrijversland (Carta del país de los escritores), “pues pienso que es la única actividad que tiene sentido; no porque considere que le sirva a alguien, sino porque es mi trabajo y es mi destino poner mis ideas por escrito”. Es el estilo de Reve el ejemplo que los escritores jovenes más siguen.

El propio Mulisch aspiraba a la inmortalidad. “Morir no es lo mío”, decía en entrevistas. No obstante, murió. Pero no sin antes, justo en el cambio de siglo, dejar concluidas dos novelas: De procedure (El procedimiento) de 1999, sobre cómo generar vida de la muerte, y Siegfried en 2001, novela en la que un tal Rudolf Herter, “el mejor escritor de los Países Bajos” descubre que Hitler tenía un hijo. Este “idilio negro” de Mulisch encierra la búsqueda por la esencia del mal.

Aún en 1992, año en que cumplió 65 años y publicó De ontdekking van de hemel (El descubrimiento del cielo) –la vertiginosa novela “total” en la que toda su vida y trabajo confluyeron y que le merecieron en la prensa literaria norteamericana comparaciones con Dante, Homero y Milton, no quería dejar de escribir. Tenía curiosidad de saber qué se podía descubrir más allá del cielo. Ya sabemos qué había. Aun él resultó ser mortal. Pero lo que sus colegas neerlandeses tengan por descubrir y escribir en el siglo XXI, divagando en la huella dactilar de Dios, el futuro nos lo dirá.

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Por: Onno Blom

Traducción: Nathalie Schwan y Nathalie Gallardo


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