reconciliación

Foto Carceles (01)
Rode Pannen, un edificio que fue parte de la prisión ubicado en Oude Gracht 30, Veenhuizen

Las cárceles vacías de Holanda

A principios de 2010, hubo un robo de televisiones en una prisión de baja seguridad en Holanda. Ocurrió durante un fin de semana, cuando los presos –las víctimas– se encontraban por fuera. Ubicada en Hoorn, la prisión es para quienes llegan al final de sus condenas. Una iniciativa del gobierno los deja salir el sábado y el domingo para facilitar su reintegración a la sociedad. Las medidas de las autoridades parecen ser efectivas: desde 2009 Holanda ha cerrado 19 cárceles por falta de reos. Cuenta con un porcentaje de 69 prisioneros por cada 100.000 habitantes, unos 11.600 encarcelados, en un sistema que tiene capacidad para 14.000. Colombia, en comparación, cuenta con 242 por cada 100.000, unos 120.400 encarcelados.

El corazón del sistema de penas legales de Holanda es la resocialización. Un acto criminal es un acto en contra de la sociedad y los castigos tienen como objeto preparar al delincuente a reinsertarse en ella de una manera responsable. Al enfatizar la conexión del prisionero con la comunidad, los reintegraran de una manera que previene futuros actos criminales. Un buen ejemplo de ese concepto es Veenhuizen.

Veenhuizen es un pequeño pueblo holandés, pero su larga historia de pueblo penitenciario lo ha convertido en un lugar muy conocido en todo el país. Desde el siglo XIX, de una forma u otra, ha operado como lugar de detención en un ambiente en el que los guardias y los reos conviven. Los presos trabajaban en la comunidad, como jardineros o lecheros, entre otras labores, desempeñando su trabajo libremente antes de volver a sus celdas para dormir. Para los niños eran personas ordinarias, que veían todos los días, y no les extrañaba ir al colegio en el bus de la prisión.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la cárcel se pobló de una nueva variedad de criminales: colaboradores, criminales de guerra y hasta miembros alemanes de las autoridades del Tercer Reich. Aun así, andaban con la misma libertad. Entre ellos estaba un ilustrador holandés de afiches de propaganda del gobierno Nazi, al que las autoridades de la prisión le pidieron pintar la iglesia. El hombre utilizó al bebé de un guardia cómo modelo para los querubines. Los domingos asistían a misa todos los guardias con sus familias al lado de los hombres que custodiaban.

En los años setenta quienes perpetraban ofensas menores, por ejemplo infracciones de tránsito, podían escoger en qué momento del año pagar su corta condena carcelaria. Entonces llegaban a Veenhuizen durante sus vacaciones de verano para no interrumpir el ritmo de sus vidas. En un documental de 2014 sobre el pueblo, la hija del maestro de la escuela dice que la vida ahí le recordaba al pasaje bíblico en el cual el lobo habita con el cordero. El pueblo se abrió a visitas de quienes no eran ni convictos ni guardias a finales de los ochenta, y en consecuencia erigió cercas y nuevos métodos de vigilancia. En la actualidad, cuenta con tres instalaciones, incluida una para menores de edad, y con el Museo de Prisiones. Todavía se llena en los veranos, pero con turistas.

La efectividad del sistema holandés radica en que no se enfoca en hacer sufrir al transgresor. El encarcelamiento es una última opción. Primero miden la posibilidad de las multas, programas de servicio a la comunidad o la libertad condicional; tan solo el 10 por ciento son condenados a la cárcel. Aun así, cumplen penas cortas: el 90 por ciento de las sentencias son de 12 meses o menos. Cómo tienen menos reos es mucho más fácil matricularlos en programas de rehabilitación o enseñarles habilidades para la vida después de las rejas. Es menos el costo para el país, en términos económicos y sociales, enseñarle a un criminal a vivir una vida productiva cuando se reintegre que encerrarlo por años para castigarlo. Las cárceles vacías de Holanda son una prueba. 


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