En un pequeño pueblo holandés, a unos 20 kilómetros de Ámsterdam, ninguno de los 152 residentes utiliza dinero. Habitan en grupos de seis o siete personas en residencias que emulan hasta el más mínimo detalle los años cincuenta, setenta y la primera década del 2000. Cada aspecto del pueblo está diseñado para eliminar la confusión del día a día y convencer a los residentes de que no están en un hogar de ancianos, están en su hogar.

El pueblo, llamado Hogewey, es una enorme residencia para personas de tercera edad que sufren de demencia senil. En la gran mayoría de los casos, tanto ahí como en el resto del mundo, la demencia es resultado del mal de Alzheimer. El planteamiento innovador del pueblo: sumergir a sus residentes en una realidad artificial en la que sus vidas siguen con normalidad y los enfermeros se identifican cómo ‘vecinos’. Hay quienes comparan al pueblo con una versión benévola de la película The Truman Show.

La idea de una residencia para la tercera edad que no se parece a un hospital, sin paredes grises, trabajadores uniformados, largos corredores o pabellones cerrados, viene de Yvonne van Amerongen. Ella trabajaba en una residencia tradicional cuando murió su padre. Lo primero que pensó fue “gracias a Dios no necesitó venir a un lugar así”. Con algunos colegas, propuso entonces una nueva forma de proveer cuidado a largo plazo y, con extenso apoyo gubernamental, abrió Hogewey en diciembre de 2009. El costo real por paciente es de casi 8.000 dólares al mes, pero el gobierno holandés provee subsidios según los ingresos de las familias. Nadie paga más de 3.600 dólares. Cuesta lo mismo que una residencia tradicional.

Las instalaciones incluyen una plaza central, un supermercado, una peluquería, un teatro, un bar, y un café-restaurante, además de las viviendas. El costo de residencia incluye compras en los locales, por lo cual los residentes pueden ir libremente y nunca enfrentar confusas operaciones matemáticas. Las viviendas no solo imitan distintas décadas sino los estilos de vida que conocían sus habitantes. Pueden estar decoradas en el estilo Stedelijk, para los residentes acostumbrados a la vida urbana; Huiselijk para las amas de casa; Cultureel para quienes crecieron con el teatro y el cine o Christelijk para los que centran su vida en torno a la religión.

En cada vivienda vive uno de los 250 empleados, enfermos o especialistas geriátricos, y también trabajan como cajeros, empleados del servicio de correo o del supermercado. Los residentes no se sienten rodeados de desconocidos mortificantes sino de personas familiares que además saben cómo cuidarlos en un mundo que les parece normal. Los resultados del sistema son fáciles de medir. CNN reportó que los adultos de tercera edad que residen en Hogewey necesitan menos medicamentos, se alimentan mejor, viven más y parecen estar mucho más felices que los que ocupan una residencia tradicional. También tiene un costo menor. Es tanto el éxito, que ha inspirado instalaciones similares en Inglaterra, Suiza y Canadá.

Los resultados están en sintonía con un comentario que dijo a ABC News en 2012 el doctor Paul Newhouse, director del centro de medicina cognitiva de la Universidad Vanderbilt: "un acercamiento ambiental para reducir problemas cognitivos y de comportamiento asociados con la demencia son la verdadera clave para mejor la calidad de vida de dichos pacientes sin recurrir a un exceso de medicamentos". Holanda, un país que en 2004 fue galardonado por el AARP (Asociación Americana de Adultos Retirados) cómo el mejor en cuidar a los adultos mayores, ha invertido extensamente en soluciones cómo la de Hogewey para casos severos, y la de la ciudad de Deventer, para casos moderados. Allí, estudiantes pueden vivir gratis en una residencia para adultos mayores a cambio de interactuar con los residentes. El beneficio es mutuo: los estudiantes tienen un lugar cómodo para vivir sin costo y los adultos mayores tienen un ambiente amigable y dinámico.

Tres autores holandeses exploran el tema del envejecimiento en títulos disponibles en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Erick Scherder, neurocientífico, trae Mantener el cerebro funcionando, el cual explora la importancia del deporte y su relación con la inteligencia y la vejez. Scherder estudia el funcionamiento del cerebro y el rol que el ejercicio tiene en la prevención de enfermedades como la demencia senil. El geriatra Rudi Westendorp trae Envejecer sin sentirse viejo, un estudio de la vejez que se nutre de los resultados de años de investigación. Y por último está Nuestro cerebro en envejecimiento del neurocientífico Andre Aleman, que explora el proceso de deterioro del cerebro, y los efectos de la vejez en la mente y los recuerdos.

El profundo interés en los Países Bajos por el tema del envejecimiento y los esfuerzos por preservar el cerebro durante ese proceso se puede explicar por la transición demográfica que está viviendo. Allí cada vez es más vieja la población. Por el alto nivel de educación e ingresos del país, los adultos mayores también son más capaces de promover mejores soluciones para su trato. Es una preocupación que pronto será global. Las Naciones Unidas produjeron un reporte que afirma que el envejecimiento de la población es una tendencia mundial que afecta a todos los habitantes del planeta, aun si son jóvenes. Según ellos, cada país está pasando por el proceso a su propio ritmo, es un fenómeno sin precedentes y que tiene implicaciones profundas para muchos aspectos de la vida, incluido el costo económico y social de la demencia y condiciones similares.

Las últimas cifras de la ONU explican que la población mundial con demencia es de 35.6 millones de personas, y se estima que va a ser el doble en el año 2030, y el triple en 2050. El costo actual de cuidar a los afligidos se estima en 604.000 millones de dólares. Se proyecta que la cifra solo subirá, pero el éxito de programas cómo el Hogewey puede trazar el rumbo a una solución mundial menos costosa y más humana.


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